
Un viejo poema que hace daño, debe ver la luz para romperse.
Todos los cristales se rompieron.
Los años pasaron volando,
marcha silenciosa de adioses y dioses falsos.
De repente te vi, feroz,y supe que eras un horror
de carícias sin nombre y sin calor.
Es extraño vivir siempre en el filo
y saber que nunca has querido.
Ya sólo quedó el frío:
nuestra lápida de cristales
rotos, y de olvido.
Sólo quedó el vacío
de saber que nunca fuimos...




No soy tuya. Nunca lo fuí. Pero quise serlo...Dejar a un lado mis lazos de carne y fundirme bajo tu piel. Dejar a un lado mis temores, mis prejuicios, mis yoes absurdos y triviales. Quería ser tú. Porque te amaba. Porque te amo. Pero ahora veo lo imposible de nuestro abrazo. Ahora me rindo a la evidencia. Nos hemos casado y te sigo gritando que no soy tuya, aunque me golpees con fuerza queriéndome fundir bajo tu puño. No soy tuya, porque no puedes obligarme a dejar de amarte a la fuerza. El amor es una inmensa herida porque no me quieres tú. Este amor que se me pudre en el pecho, que me quema en las llagas de tu maltrato infame, ¿Cómo has podido traicionarme? Pero lo más triste de todo es que algo dentro de mí se ha roto para siempre. Hoy, en este mismo momento que parto con mis maletas rumbo a lo desconocido, dejo constancia de mi fracaso: mi amor no pudo con tu odio. No venció la esperanza por encima de la historia, tu triste historia que se repite de padres a hijos. Y yo no voy a dejar que el hijo que crece en mis entrañas pase de ser víctima a verdugo. Lo amo demasiado ya, mucho más que a ti. Por eso me iré con la luna, lejos de tu abrazo de espinas. Adiós, mi amor de piedra.
Uno es siempre dos. Dos mitades, dos lados: uno bueno, el otro malo. Eso le había dicho ella. Ella que yacía boca abajo sobre la cama, empapada en sudor, con los últimos olores del sexo flotando por encima de su cuerpo. Ella que ya no era tan joven como cuando la conoció. Ni él tampoco. Antes, todo lo que ella decía le sabía a nuevo, todas las puertas del alma se le abrían con sólo mirarle aquellos ojazos negros. Ahora era distinto. Ella ocupaba demasiado espacio en su cama, en su casa, en su vida. Su yo malo quería empujarla, sacarla con violencia de su profundo y húmedo sueño. Empujarla hasta sacarla de su vida. Su otra mitad, la que de alguna manera todavía la amaba, sólo quería abrazarla con dulzura y sentir su respiración. Quería sentir que su otra mitad, su parte buena, era ella y no había más remedio que seguir abrazados para continuar siendo uno por el resto de la eternidad. Hasta que la muerte os separe...Eso dicen, pensó él resignado. La miraba en silencio, fumando un poco de nostalgia de aquellos tiempos en los que la rutina estaba por llegar. Ella se removió en su sueño como asintiendo. Estaba de acuerdo con su otra mitad. Hasta en sueños se entendían...Quizás, sólo por esa magia que de vez en cuando surgia en mitad de lo vulgar y cotidiano, sólo por eso él dejaba pasar el fantasma de la separación como un mal pensamiento. No valía la pena hurgar en la pantanosidad de su malestar. De repente ella abrió los ojos, y le miró con tanta dulzura que él se sintió avergonzado como un niño. ¿Por qué me miras así? Le dijo con la voz extrañada. Ella se incorporó y le besó en los labios. He soñado contigo, algo muy bueno. Y rió. Con una carcajada insólita y deliciosa. Él no pudo evitar reirse también. De repente recordó porqué seguía a su lado. Sólo ella era capaz de sacarle de sus negras nubes de autocompasión inútil. Sólo ella con toda su calidez podía derretir las telarañas de hielo de su sombrío corazón. - Ahorita mismo me vas a contar que te hacía yo tan rico en tu sueño...Dijo él con la voz quebrada por el deseo. Se fundieron en un abrazo y fueron dos en uno, de nuevo.
Odio. Odio. Te odio. Pero te amo con el abrazo confuso, con la sonrisa forzada, esperando tu beso envenenado como una última bendición antes de partir rumbo al odio. Porque después del amor viene el odio. Tras la vida viene el odio agazapado y estéril, como un abrazo sin brazos, como un beso sin labios. No se puede pasar de la ebriedad confusa de la felicidad a la nada más absoluta. Necesitamos el abrazo, la soga fatal del amor podrido: el odio. Ese mundano y terrible lazo que nos ata para siempre a la persona una vez amada, y que no pudo ser. El odio es la última esperanza, el último rincón dónde dejar secarse los recuerdos. El odio es la más triste coartada para no reconocer que ya no queda nada.

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